Transferencia e interacción humana
Samuel Arbiser
RESUMEN
Siguiendo los pasos de mis trabajos anteriores, en éste me propuse reformular el concepto de transferencia, tomando el proceso analítico como un diálogo, en términos de interacción humana, inherente a la noción del psiquismo como grupo interno.
Partiendo de las postulaciones de Freud puse especial énfasis en evidenciar mis puntos de vista. De esta manera subrayé la importancia que adquiría la idea de repetición y la contratransferencia en mi propio esquema teórico. Tal es así que me tomé la libertad de proponer el conjunto terminológico «campo transferencial-contratransferencial».
Asimismo, aunque previniendo lo parcial y recortado del intento, pretendí esquematizar el trasfondo de presupuestos en cuanto a las concepciones acerca del desarrollo evolutivo y las relaciones de objeto, en la conceptualización de la transferencia.
RESUME
Dans ce travail, en suivant les pas de mes travaux antérieures, je me propose de reformuler le concept du transfer, en considerant le processus psychanalytique comme un dialogue, en termes d’interaction humaine, inhérent á la notion du psychisme comme groupe interne.
En prennant comme point de départ les postuláis de Freud j’ai essayé de mettre en évidence mes points de vue. De cette fason, je détache l’importance qui acquerais l’idée de la répétition et du contre-transfert dans mon propre schéma théorique. J’ai proposé done, le conjoint terminologique du «champ transferentiel-contratransferentiel».
En méme temps, malgré la condition partielle et limitée de l’essai, Tai preten-dü schématiser le fond des présupposés quant aux conceptions á propos du déve-loppement évolutif et des rapports d’objet dans la conceptualisation du transferí.
SUMMARY
Following the ideas contained en my previous papers, I here proposed to re-formulate the concept of transference, taking the anal/tic process as a dialogue, in terms of human interaction, inherent in the notion of psychism as an internal group.
Taking Freud’s postulations as a starting-point, I placed particular emphasis on presenting my own points of view. I thus underlined the importance given to the idea of repetition and countertransference in my own theorical scheme. That is why I took the liberty of proposing the composed term «transferential-countertransferential field».
I also sought to schematize the background of presuppositions regarding the conceptions about evolutive development and the object relationships in the conceptualization of transference, although I was fully aware that my attempt was partial and outlined.
«Al fin de cuentas, el método psicoanalítico es un tipo más de circuito comunicativo, que se ajusta a determinadas reglas y normas para efectuar un tipo especial de interacción terapéutica.»
David Liberman (1971, pág. 463)
Introducción
El concepto teórico-técnico de transferencia, decisivo para situarse en lo que el psicoanálisis tiene de específico, requiere a mi entender periódicas revisiones en tanto el desarrollo de nuestra disciplina, expresado a veces en líneas divergentes, así lo impone. Más aún, si se conciben a las construcciones científicas en general con una legitimidad provisoria y en un continuo movimiento evolutivo.
En este sentido y siguiendo el itinerario de varios trabajos anteriores, esta contribución pretende ser una reflexión de dicho concepto en la dirección de concebir el proceso analítico como una sucesión de diálogos, tal cual lo formulara David Liberman, inherente a la noción de grupo interno introducida por Enrique Pichon-Rivière.
La cuestión que se plantearía entonces, si se es consecuente con esta direccionalidad, sería preguntarse cuáles son los cambios que se operarían en un concepto —en ese caso el de transferencia— si la interacción humana se constituye en el centro de la indagación.
Por de pronto en el diálogo analítico, la relación interpersonal transferencia-contratransferencia, no emergería como un evento accidental, aunque necesario para la cura, sino que sería precisamente su punto de partida.
Como podrá apreciarse, si se atiende cuidadosamente la formulación de los enunciados precedentes, éstos conllevan a cierto deslizamiento de los presupuestos epistemológicos tradicionales del psicoanálisis. Básicamente en este caso, la consideración de las relaciones humanas en términos de relación sujeto-objeto, trasfondo de la teoría de la pulsión, es relevada por una concepción de esas relaciones en términos de intersubjetividad. A partir de esto tampoco pueden desconocerse las consecuencias que derivarían de esta postura en cuanto a la concepción de la psicopatología y las metas terapéuticas.
Sin embargo, no sería ocioso aclarar que la introducción de esta manera de pensar no pretende cuestionar las teorías analíticas vigentes, por otra parte condición insustituible de estas reflexiones. Por el contrario más bien se trata de servirse de ellas en un intento de ensayar un cambio de óptica más a tono con nuestra práctica y con el lenguaje científico actual.
De todas maneras, casi es innecesario advertir que en lo que sigue se expondrá mi propia apreciación de esta temática, que dicho sea de paso, coincide a grandes rasgos con una de las definiciones de las múltiples que revisa Laplanche y Pontalis en su diccionario cuando se ocupa del concepto:
«En la prolongación de la segunda teoría freudiana del aparato psíquico, la cura psicoanalítica puede entenderse como el lugar en que los conflictos intrasubjetivos, secuelas de las relaciones intersubjetivas de la infancia, reales o fantasmáticas, van a manifestarse de nuevo en una relación abierta de comunicación. Como el propio Freud lo hizo notar, el analista puede encontrarse, por ejemplo, en la posición del superyo; de un modo más general puede decirse que todo el juego de identificaciones tendrá ocasión de desplegarse y de desatarse” (pág.465).
La discusión teórica que sigue partirá de la transferencia en Freud, puntualizando especialmente el aspecto de la repetición. Luego se tratará la propuesta de utilizar los términos campo transferencial-contratransferencial; para terminar con las correlaciones entre la elección de objeto, las relaciones de objetos y la interacción humana.
La transferencia en Freud
Antes de los inicios históricos del psicoanálisis (Caso Ana O. de Breuer [J. Breuer y S. Freud, 1983] los inesperados fenómenos del tránsito afectivo interpersonal emergentes en el campo de la cura psicológica aparecieron como un indeseable y decepcionante factor perturbador que sólo la potencia del genio creativo de Freud logró trastocar en el aliado más preciado del tratamiento analítico, así como en una de las columnas fundacionales de su edificio teórico.
En Psicoterapia de la histeria (Freud, 1895) se ocupa de las relaciones del médico con el paciente en diversos contextos y termina considerando «… sujeta a ley…» (pág. 308) la transferencia, como «neoformación» de las neurosis por «falso enlace» en el curso del tratamiento, operando como un obstáculo: resistencia. El objetivo terapéutico estaba dirigido, en ese entonces, a descubrir el recuerdo patógeno y reintegrarlo al comercio asociativo.
En ese momento del desarrollo del concepto es importante resaltar el tema del «falso enlace» en contraposición a lo que posteriormente aparecerá como «repetición». El falso enlace hace referencia al estancamiento libidinoso que encuentra en el analista un eficiente sustituto para desplegar su libido del mismo modo en que se sirve del «resto diurno» para formar el deseo onírico preconciente en el modelo del sueño que aparecerá posteriormente (Freud, 1900).
Es en el epílogo del caso Dora (Freud, 1905) donde puede leerse una exposición bastante completa de lo que define como transferencias:
«Son reediciones, recreaciones de las emociones y fantasías que a medida que el análisis avanza no pueden menos que despertarse y hacerse concientes; pero lo característico de todo este género es la sustitución de una persona anterior por la persona del médico».»[…] toda una serie de vivencias psíquicas anteriores no es revivida como algo pasado, sino como vínculo actual con la persona del médico» (pág. 101).
En este caso particular responsabiliza a la desatención de las transferencias la interrupción de la cura y justifica esa desatención en que la paciente no había cesado en la producción espontánea del material patógeno, en tanto su creencia en que las transferencias aparecían con el cese de las asociaciones. Entonces reconoce retrospectivamente sus indicios ya presentes en el segundo sueño.
Sin embargo es en este trabajo donde ya se reconoce «La transferencia, destinada a ser el máximo escollo para el psicoanálisis, se convierte en su auxiliar más poderoso cuando se logra colegirla en cada caso y traducírsela al enfermo» (pág. 103).
En Dinámica de la transferencia (Freud, 1912) la describe al servicio de la resistencia, y más aún como una forma de enmascaramiento de lo reprimido que pretende ser más efectiva que las desfiguraciones habituales. Acá también postula que se trata de libido ligada a «imagos infantiles»; y de acuerdo a su signo la clasifica en positiva o negativa. La positiva erótica y la negativa son las que están al servicio de la resistencia. La positiva tierna al servicio de la cura «…aprovechando la sugestión para hacerle cumplir un trabajo psíquico que tiene por consecuencia necesaria una mejoría duradera de su situación psíquica».
Asimismo la refiere al «actuar» de los impulsos reprimidos que se evidencian y ocultan de esta manera y remata con la famosa frase que dice:
«…pues, en definitiva, nadie puede ser ajusticiado in absentia o in effigie» (pág. 105).
En Recordar, repetir y reelaborar (Freud, 1914) hace anuncios acerca de cambios en la técnica. Básicamente, el abandono de la persecución de los “recuerdos patógenos” por el apremio asociativo a partir de los síntomas, para poner ya en un primer plano la tarea de reelaboración. Esta última es la medida del trabajo necesario para vencer a la resistencia y liberar así la memoria. Pero en este artículo plantea dos novedades más que me interesa destacar: el énfasis en la compulsión de repetición y en la neurosis de transferencia.
Acerca de la primera de estas novedades, años más tarde (Freud, 1920) le servirá de argumento para sugerir la audaz hipótesis de una inesperada dinámica del aparato psíquico que busca repetir acontecimientos penosos «más allá del principio del placer» y fundamentar así la existencia de un «instinto de muerte» en interacción con un «instinto de vida». De resultas de esto se opone, por una parte, la repetición de las pulsiones de deseo pendientes del primer florecimiento sexual de la infancia y, por la otra, la repetición compulsiva de las vivencias penosas que hicieron sucumbir necesariamente esos poderosos y prohibidos apetitos. También más adelante (Freud, 1926) reaparece la repetición en dos contextos diferentes: por un lado la repetición de transferencia, tributaria de la resistencia del yo, y por el otro, una repetición por «…atracción de los arquetipos inconcientes sobre el proceso pulsional reprimido…» (pág. 149).
Si me he detenido en el tema de la repetición se debe a que, por un lado, supera la explicación previa del falso enlace, y por el otro principalmente, en cuanto me sirve de apoyo a mi propósito de relacionarla con las enseñanzas de E. Pichon-Riviére (1971) (vínculo-grupo interno) en que concibe el psiquismo humano como un conjunto de patrones de interacción internalizados durante el desarrollo evolutivo (Arbiser, 1984, 1985a, 1985b, 1986, 1987) condicionantes y condicionados por el mundo externo, y que para mí no son otra cosa que tos «arquetipos inconcientes» que Freud propuso y que fueron recién referidos.
Estos patrones de interacción configuran la dotación psíquica con la cual el sujeto se enfrenta e interactúa con el mundo que lo rodea. La repetición automática de estos patrones o su permeabilidad en cuanto aprendizaje de la experiencia (Bion) dan la medida de una menor o mayor «adaptación activa a la realidad’ en el lenguaje de Pichon-Riviére (Zito-Lema, 1976). Creo que en este mismo sentido se define R.H. Etchegoyen cuando opone transferencia a experiencia (1986, pág. 102).
Respecto de la segunda novedad, la neurosis de transferencia,, el antecedente de esta idea ya había aparecido en 1895 (op.cit.) cuando consideraba a la transferencia como una neoformación de las neurosis surgidas en el camino de la cura catártica.
El hecho de que una neurosis sintomática se transforme en una neurosis de transferencia implica la concepción de un tránsito fluido desde un circuito intrapersonal a un circuito interpersonal, siempre y cuando aceptemos con D. Liberman expresarnos en términos de circuitos comunicativos (véase el epígrafe). Podría entonces imaginarse el mismo tránsito en un sentido contrario cuando una trama, tan particular y decisiva, como es la constelación edípica, se convierte en una estructura intrapsíquica diferenciada: superyo, heredero del complejo de Edipo (Freud, 1923). Acá es un circuito interpersonal el que pasa a configurar un circuito intrapsíquico. Por consiguiente la noción de grupo interno aparecería entonces como un modelo de aparato psíquico versátil, que permite imaginar y dar cuenta de todo este dinamismo interno-externo y afirmar consecuentemente su utilidad conceptual e instrumental.
Campo transferencial-contratransferencial
Rara vez en mis trabajos psicoanalíticos anteriores he empleado el vocablo transferencia. Casi siempre lo he reemplazado por el conjunto terminológico «campo transferencial-contratransferencial», a mi manera de ver, más coherente con un enfoque dialéctico, intersubjetivo y estructural con el cual me siento más acorde.
Freud no dejó de ver el fenómeno de la contratransferencia y lo introduce en 1910 en “Las perspectivas futuras de la terapia analítica”.
Previamente, en su temprano trabajo de 1895 (op.cit.) aparece insinuado este concepto cuando se refiere a los sentimientos negativos que le despertaban algunos pacientes por sus características personales y que los hacía incompatibles con el abordaje psicoterapéutico (pág. 272).
Sin embargo, y en contraste con su contraparte —la transferencia— no pudo superar su sesgo indeseable y obstaculizador para la cura; aunque sí se debe reconocer como efecto favorable para el desarrollo del psicoanálisis, que promovió la necesidad del análisis didáctico, en tanto se adjudicaba el fenómeno a la patología del analista.
Durante varias décadas el concepto tuvo una repercusión poco menos que inadvertida en la literatura psicoanalítica para ser rescatada por Paula Heimann (1950) y Heinrich Racker (1955) como un valioso instrumento para la comprensión del material del paciente. Este último autor describe una contratransferencia “concordante” y “complementaria” de acuerdo a si el analista se identifica con el yo o el objeto interno del paciente respectivamente; y esto está muy cerca de la consideración del análisis como una sucesión de diálogos, como una interacción terapéutica, aunque no haya sido la intención de H.Racker llegar a esta conclusión.
Como ya se ha dicho al principio, en esta concepción del proceso analítico tomando como objeto de indagación al diálogo mismo, la relación interpersonal entre paciente y analista configura lo central por definición y esta relación implica un tránsito emocional de doble vía: de ahí la justificación de la denominación: campo transferencial—contratransferencial.
En cuanto a «campo» hace referencia a un espacio virtual en el cual ambos integrantes del diálogo están expuestos a los dinamismos creados por las prescripciones explícitas e implícitas del encuadre analítico y en un espacio más abarcativo a lo que D. Liberman llamó la «situación analítica» que «abarca el conjunto de sucesos inherente al momento por el que atraviesa la humanidad, el país, la ciudad, la zona misma donde el psicoanalista lleva a cabo el tratamiento psicoanalítico» (op. cit, pág. 31).
El encuadre psicoanalítico apunta al objetivo terapéutico, definiendo, entre otras cosas, los roles diferenciados de ambos participantes del diálogo: dos personas que hablan entre ellas, pero sólo de una de ellas -el paciente- configurando así la necesaria asimetría inherente del diálogo analítico, constituida desde la formulación del encuadre mismo.
La función del analista es la de un decodificador de los mensajes que el paciente inadvertidamente emite y un encodificador de la respuesta interpretativa una vez que procesa la repercusión emocional e ideacional del mensaje recibido (contratransferencia).
Los aportes de disciplinas como la semiótica, la lingüística y la teoría de la comunicación nos enseñan que los mensajes que se intercambian entre las personas no son exclusivamente vehiculizados por el código dígito-verbal. Si bien este canal es el más evolucionado, preciso y exclusivo de la especie humana, lo paraverbal y pre-verbal lo matizan, complementan o reemplazan, conformando paquetes informativos con variedad de preponderancias, que definirán sus características estilísticas.
Detectamos los mensajes inconcientes de nuestros pacientes por lo que dicen, cómo lo dicen, por lo que nos hacen sentir, o por lo que hacen o nos hacen. Esto permite una nueva forma de sistematizar la psicopatología a partir de las características del diálogo en términos de estilos como lo propugnara D. Liberman y de lo cual me he ocupado con alguna extensión en un artículo anterior (Arbiser, 1986). Solamente, a manera de ejemplo, diré que hay mensajes en donde hay una óptima sincronía en el hablar, sentir y actuar como en el caso del mensaje publicitario exitoso, o en el que D. Liberman denomina “estilo dramático con impacto estético” ; o aquéllos en los que el sentido corre más a cargo de lo que se hace qué de lo que se dice como ocurre en el llamado “estilo épico”.
Puesto en la necesidad de decidir ante la opción de considerar al analista como una pantalla impertérrita o una pantalla sensible, no vacilaría en adherir a esta última posibilidad. Su compromiso emocional no es contingente ni sólo la expresión de su patología, sino parte del órgano detector de los conflictos del paciente en la medida en que éste provoca la movilización de su “grupo interno”. Estos datos registrados desde sí mismo (contratransferencia) unidos a todos los demás datos objetivos, son procesados y encodificados en una respuesta preponderantemente verbal en un estilo complementario (Arbiser, 1986): la interpretación. Si el analista se incluye o no en la interpretación es una cuestión táctica y técnica que debe decidirse en cada situación singular. Por otra parte si no mediara la interpretación el diálogo entre paciente y analista no se diferenciaría de cualquier otro diálogo o interacción humana y se soslayaría la finalidad terapéutica. Se entiende que cuando se habla de incluirse en la interpretación esto no significa hacer confesiones personales, en tanto que de lo que se trata y el que se trata es el paciente.
Por lo tanto, plantear el proceso analítico como interacción humana debe entenderse atendiendo a esta finalidad, y a las prescripciones técnicas consecuentes que la acotan.
Al intentar rescatar el valor instrumental de la contratransferencia y al proponer la denominación «campo transferencial-contratransferencial» no hago otra cosa que relativizar la brecha entre la patología y la normalidad, entre el paciente enfermo y el analista sano, acorde en un todo con Freud cuando plantea que el problema de la salud y la enfermedad es sólo un problema práctico (Freud, 1916-17) dado que la disposición a las neurosis está presente en todos los seres humanos.
Elección de objeto, Relaciones de objeto e Interacción humaría
Creo que no es del todo indiferente para el estudio de la transferencia reconocer las distintas concepciones que se tienen acerca de los orígenes y el desarrollo evolutivo humano.
Podría haberse esperado que la investigación psicoanalítica de los pacientes revelaran una única y unívoca historia evolutiva en la medida que supone en cada proceso psicoanalítico la reconstrucción de ese recorrido. Sin embargo, a esta altura del desarrollo de nuestra disciplina, el panorama es harto diferente y, contrariamente a esa expectativa, muestra una diversidad nada despreciable de cuerpos teóricos con sus consecuentes secuelas técnicas.
Cabe entonces preguntarse: ¿son tanto disímiles los hallazgos clínicos? ¿O acaso sólo varían las explicaciones que dan cuenta de los hechos? O, por otra parte, ¿son los hechos los que cambian, al ser visualizados desde las distintas posturas teóricas?
No caben dudas que los hechos son observados inevitablemente con el cristal de cada teoría.
De todos modos y a pesar de eso, creo que hay muchos más acuerdos entre los psicoanalistas en cuanto a los hallazgos clínicos que en cuanto a las construcciones teóricas de los mismos; y esto puede hacerse comprensible por varias razones . Una de éstas —sin pretender que sea la principal— consiste en que, si bien el psicoanálisis revolucionó el pensamiento científico contemporáneo, para su construcción necesitó utilizar el lenguaje, los instrumentos conceptuales vigentes y las premisas que la cosmovisión de las relaciones humanas de la época le proveía.
Pero este siglo fue pródigo en dinamismo. Los cambios en el pensamiento fueron vertiginosos y de ahí no puede extrañarnos su notable influencia en el panorama actual de las teorías psicoanalíticas. En este orden de cosas, para mí, nunca dejó de tener significación el trasfondo polémico entre Individuo y Sociedad (Tarde -Durkheim) en las ciencias humanas, así como la oposición entre la herencia de los caracteres adquiridos (Lamarck) y la selección natural de las especies (Darwin) en el terreno de las ciencias biológicas.
Al pretender correlacionar la elección de objeto con las relaciones de objeto no hago más que intentar una reflexión en un aspecto del cuerpo teórico psicoanalítico propio de nuestro medio, debido a la peculiar influencia que aquí tuvo el pensamiento de Melanie Klein y sus continuadores.
Este tema que puede ser apasionante e inabarcable por su extensión y complejidad será recortado en la medida de las modestas aspiraciones y finalidad de este trabajo.
Freud no utilizó mayormente los términos “relaciones de objeto”. Para él la indagación estaba dirigida a preguntarse acerca de las determinantes de las “elecciones objetales”, así como perseguir los caminos por los que se arribaba a éstas, y los desvíos y accidentes del trayecto. Dado el peso de su teoría de la libido, para él el objeto era objeto de la pulsión que se agotaba con la descarga. La continuidad de las relaciones eróticas debía explicarse por el aprendizaje y la certidumbre en la inevitable recarga cíclica de la libido (Freud, 1921, pág. 105). En cambio se explicaba el enamoramiento como un compuesto de aspiraciones sexuales directas pospuestas, más libido narcisística que el yo del sujeto vacía de sí en beneficio del objeto (pág. 135).
Los demás vínculos de la vida social eran también derivados de las investiduras sexuales. Pulsiones coartadas en su fin para las relaciones de “amor tierno” despojado de sexo. El cemento unificador de las relaciones sociales consume libido homosexual sublimada (nota pág. 118) como también lo sugiere en Introducción del narcisismo (Freud, 1914, pág. 98) y está basado en relaciones de identificación a raíz de una comunidad con los demás: el amor compartido por el líder. Explica su génesis en la ontogenia en la inviabilidad de los explicables celos y hostilidad entre hermanos (1921, pág. 114). Además, el hallazgo del objeto no se da de entrada sino constituye una etapa posterior a las previas de autoerotismo y el narcisismo.
Para la escuela kleiniana se dan relaciones objetales desde el comienzo de la vida. Llamarlas de esta manera ya implica, a mi entender, un cambio de acento en cuanto a que éste recae más en el establecimiento del vínculo que en su signo. No se trata ya de una pulsión que fuerce la descarga y satisfacción consiguiente en un objeto, sino más bien es la ansiedad de aniquilación la que empuja de entrada hacia el objeto. De paso, acá cabe recordar a R. Fairbairn cuando polemizando con Freud se preguntaba si la libido busca la satisfacción o si, por el contrario, es primariamente buscadora de objetos (Fairbairn, cap. II).
Las relaciones objétales, según M. Klein, pasan a configurar estructuras complejas que incluyen las cualidades de las ansiedades y las defensas expresadas en términos de fantasías inconcientes .A estas estructuras fluctuantes se las denomina posiciones. El mundo psíquico kleiniano no sólo representacional, sino que es un mundo “objetal” en interjuego con el mundo externo de los objetos reales que sirve primariamente a la modulación y regulación de la ansiedad, antes que a la descarga pulsional. En forma de síntesis éstas son las bases de todas las relaciones objétales tanto de la vida erótica como de la vida social.
Para esta concepción, el narcisismo no es anobjetal sino que se lo considera en términos de relaciones objétales tempranas (H. Rosenfeld, cap. X). Por consiguiente, pierde vigencia la inanalizabilidad de las neurosis narcisísticas, basadas en la anobjetalidad. Se amplía de este modo el espectro de la psicopatología tributaria del psicoanálisis.
También varían las prescripciones técnicas de acuerdo a uno u otro modelo en la concepción de las relaciones objétales. Para los seguidores de Freud la transferencia no se instala de entrada sino con el transcurrir del tiempo y en función del acercamiento de lo reprimido; y cuando se instalan, deben ser referidas en forma expeditiva a la situación original, lo cual implica su resolución. Yo lo llamaría técnica centrífuga. En cambio, para los seguidores de M. Klein la transferencia es inmediata y deben llevarse a los términos de la relación con el analista todos los acontecimientos en la vida del paciente. Lo que yo llamaría técnica centrípeta: la fórmula interpretativa de los años sesenta en nuestro medio rezaba «Aquí, ahora y conmigo» (E. Pichon Rivière). Resumiendo entonces, podríamos decir que para Freud existe un camino evolutivo que partiendo del autoerotismo y pasando por el narcisismo culmina en la «elección del objeto». Ya vimos que para M. Klein las relaciones objétales se dan de entrada. Creo que se da un paso aún mayor -y éste es el punto central que pretendo proponer en este artículo- cuando el planteo es que el neonato humano nace en una compleja trama social preformada en la cual debe insertarse. Siguiendo esta última postura, las relaciones interpersonales, eróticas, amistosas o sociales no serían continuación, evolución, mitigación o compensación de las primeras elecciones objétales; sino por el contrario, es la compleja trama social que discrimina, ordena y organiza los intercambios libidinosos y agresivos en el individuo y en las diversas relaciones entre ellos. Como lo he explicado más extensamente en trabajos anteriores (1985b, 1986) la impronta sociocultural no actúa en forma directa sobre el neonato, sino mediado por las unidades familiares que encarnan y vehiculizan las universales de la cultura, implementándolas en su versión particular. En el sujeto singular este proceso de inserción en la cultura cursa en una alternativa entre dos tipos de organizaciones dinámicamente alternantes y con preponderancias: la narcisista y la edípica con las fenomenologías correspondientes.
Para concluir tratando de aclarar más mis propios puntos de vista, me ocuparé de dos tópicos: teorías y ECRO por una parte y objetivos terapéuticos por la otra.
a. Teorías y ECRO
En un trabajo anterior sobre resistencia al cambio (Arbiser, 1987), y en forma tangencial en otros, me ha interesado rescatar la propuesta de E. Pichon-Riviére acerca del Esquema-Conceptual-Referencial y Operativo. Pensar en estos términos permite, a mi entender, soslayar en la práctica clínica cualquier enfoque teórico determinado que puede terminar con el indeseable efecto de adaptar un paciente a una teoría, por más valiosa que ésta sea, y por más venerado que sea su autor. Entendiendo que el tratamiento psicoanalítico se lleva a cabo en una relación interpersonal, se trata de dos personas interactuando para que una de ellas, el paciente, reconozca y supere sus estereotipados equilibrios adaptativos, inviables para su vida actual, y por consiguiente patológicos. El analista debe poner en juego su persona, sin refugiarse en una teoría, para detectar lo que le pasa a su paciente a través de su propia experiencia vital procesada por su análisis personal, didáctico y su autoanálisis y por el procesamiento personal de la información que recibió durante su formación; amalgama que en definitiva configura su ECRO.
b. Objetivos terapéuticos.
El psicoanálisis produjo un vuelco decisivo en el pensamiento médico tradicional cuando, en vez de plantearse la supresión sintomática en sus objetivos, reconoció que los síntomas atesoraban una riqueza potencial que se debía liberar de sus ataduras. Esta premisa es compartida por todos los analistas, sólo que varían las fórmulas en que la materializan.
El campo transferencial-contratransferencial configura un escenario virtual en el cual se despliegan las vicisitudes conflictivas que surgen como conflictos del campo. Esta interacción interpersonal puede tener un sentido terapéutico o iatrogénico.
Cuando la interacción es terapéutica el grupo interno del paciente puede zafar de la repetición a que lo somete la atracción de «los arquetipos inconscientes sobre el proceso pulsional reprimido» (Freud, op.cit.) y permitir reiniciar el intercambio con la realidad, que significa reiniciar el “aprendizaje de la experiencia” en el lenguaje de Bion. Algo así como destrabar el circuito, en el lenguaje de la teoría de la comunicación.
Si el proceso analítico es considerado como una relación interpersonal, la transferencia siempre está presente por definición. Si se explícita o no; si se da un uso centrífugo o centrípeto como he dado en llamarlos, son posibilidades que deben considerarse en cada situación singular, como parte del instrumental que al analista utiliza según arte en su delicada labor.
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* Samuel Arbiser es médico psicoanalista. Buenos Aires. Rep. Argentina.