Rosario Busturia Jimeno
Una experiencia de tratamiento con jóvenes
El objetivo de estas líneas es describir dentro del trabajo que vengo desarrollando en el Centro de Salud Mental de Majadahonda, algunas cuestiones en torno al trabajo grupal. Una de ellas se refiere a los aspectos a tener en cuenta por parte de la coordinación, a la hora de establecer las características del encuadre de grupo.
Sabemos que estos no se refieren solo a los generales de tiempo, espacio, lugar, frecuencia, tarea, que generalmente vienen dadas y/o ordenadas desde el exterior: como el número de pacientes que acuden a nuestro servicio, el tipo de contrato institucional que la coordinación tiene, el espacio físico con que en la institución se cuenta etc. sino a otras condiciones más específicas que la coordinación tiene que extraer de la predicción y pronóstico que realice sobre el proceso grupal de ese grupo en concreto.
Tendemos a hablar del pronóstico de un paciente refiriéndonos sobre todo a su diagnóstico clínico y por lo general cuando. en el ámbito individual.
Creemos que es importante también hipotetizar acerca del pronóstico del proceso grupal. Para ello no sería solo necesario pensar en cómo de la selección de sus integrantes en cuanto al diagnóstico clínico de sus miembros, sino que habría que reflexionar sobre otras variables a tener en cuenta y que pudieran o no favorecer el proceso grupal: los abandonos del grupo por parte de algún integrante, los acting out, entre los más importantes. En esta línea o con este fin contextuamos este trabajo.
Podríamos pensar variables con respecto al encuadre que habría que contemplar en torno a dos ejes:
1. Un eje de cara al interior del grupo, eje de corte individual referido a lo que cada paciente en particular formula sobre su expectativa de tratamiento, su demanda particular manifestada en sus síntomas, al motivo manifiesto de consulta, el diagnóstico clínico que se observa, etc.
2. Otro eje de corte institucional con lo que nos referimos a la motivación y demanda que la institución formula.
Dentro de mi actividad clínica, vengo trabajando con pacientes de distintos sectores de la población, tanto en una modalidad de psicoterapia individual, como de psicoterapia grupal.
En los años que llevo en este Servicio, he venido recibiendo jóvenes que según distintos items y variables incluía o no en tratamiento de psicoterapia de grupo. Estoy hablando de joven, desde su variable sociográfica: sujeto entre 21/22 años hasta 29/30 años. Así pues, si valoraba que en un paciente joven estaba indicado trabajar en psicoterapia de grupo, o bien lo incluía en un grupo de adolescentes, o lo incluía en un grupo de adultos.
En todos estos años observé múltiples cuestiones de las que no voy a hablar aquí, pero hubo dos que me hicieron variar el trabajo con este sector de población.
1. Una de orden transferencial
2. Otra con respecto a la demanda
1.- En el análisis de la transferencia dentro de los grupos de psicoterapia, pude ir constatando cómo los integrantes adultos jóvenes, tendían a actuar de padres de los adolescentes (en el caso de que fueran incluidos en los grupos de adolescentes); quedándose fijados a esas imágenes parentales; Y si por el contrario incluía a estos adultos jóvenes en un grupo de adultos, actuaban en una posición de hijos;
Así pues, tanto en uno como en otro caso, tomaban una posición de padres de los más jóvenes, o de hijos de los más viejos.
Claro que esto era interpretable por el terapeuta, pero venía dado como una actuación, me estoy refiriendo a acting out, lo que dificultaba la elaboración. Por ejemplo cuando un integrante mayor en edad a otro se lo llevaba a vivir a su casa porque había tenido problemas en su familia, o cuando otro integrante en otra ocasión “se llevaba” a otros dos integrantes a trabajar a su empresa, es decir pasaban el conflicto a la acción en lugar de a la palabra.
Creo que todo esto paralizaba y estancaba la elaboración porque sostenía la misma dificultad que presentaban en el síntoma. Es decir, repetían en otras relaciones el conflicto que les había traído a consulta.
Este fenómeno también ocurría con la coordinación, de quien esperaban que les adoptara de por vida o que resolvieran sus problemas con los padres como si se tratara de un buen hermano mayor cómplice con su situación.
2.- Una segunda cuestión tenía que ver con el aumento de la demanda. Me explico; con el paso de los años el número de personas que acuden a nuestro Servicio, es mucho mayor, lo que posibilita armar un grupo fácilmente al acudir muchas más personas entre estas edades. Con número no nos estamos refiriendo a cantidad sino a cualidad de la demanda, es decir, a que su diversificación puede ser agrupada en cuanto a las expectativas de tratamiento, fantasía de cambio, problemática vital en su motivo de consulta etc..
Comencé por tanto desde hace cinco años, a trabajar con estos jóvenes (que denomino grupo de adultos-jóvenes) como grupo específico, aunque esto no esté apoyado por la teoría.
El encuadre es: Entre 10-12 miembros de las edades que indicaba, una sesión semanal de una hora y media cada sesión; Es un grupo cerrado de un año de duración, aunque a los 6 meses se abre para la entrada y salida de nuevos miembros. Se coordina junto con un observador no participante, la trabajadora social del servicio; En cuanto a la selección de los mismos, se incluyen todo tipo de neurosis, exceptuando el alcoholismo y toxicomanías activas; también se incluye siempre algún cuadro de trastorno alimentario.
Como venimos diciendo, la homogeneidad sólo es en cuanto a su edad cronológica, así otros aspectos, como el origen de clase, nivel cultural y/o de estudios, motivo de consulta, síntomas por los que sufren etc., es de lo más diversa.
Cuándo decía que esta homogeneidad no está apoyada por la teoría, me refería a que la teoría sostiene que la heterogeneidad de un grupo aumenta y potencia la producción grupal ¿Entonces por qué trabajar con un grupo homogéneo?
Desarrollando el trabajo grupal de esta manera, he podido ir comprobando una hipótesis: Esta es que la homogeneidad permite un proceso más dialéctico en la estructura grupal en lo referido al parámetro CAMBIO-RESISTENCIA AL CAMBIO, puesto que facilita la contención y pospone el acting out.
Claro está que esta hipótesis solo la he podido ir comprobando en este tipo de grupos, y no podría ser extrapolable a otros.
Me explico: Podríamos pensar que en grupos tan cortos en el tiempo la homogeneidad favorece el proceso de identificación y proyección entre los miembros. Diríamos en términos de Bion que el mito y la cultura grupal se configura desde un inicio más común a sus integrantes, lo que favorecería el proceso de consolidación de la estructura grupal. También sabemos que esta identificación que podríamos llamar facilitadora del inicio del proceso grupal no se arma por el juego de lo manifiesto únicamente. Es decir se arma no por esa identificación primaria que alude más a tener las mismas preocupaciones en la vida: así la necesidad de buscar una pareja estable, de conseguir un trabajo duradero o buen trabajo, de resolver tal o cual cuestión con los padres, y que ellos lo suelen expresar con esos emergentes que formulan como a mi me pasa lo mismo que a ti etc. que es una temática habitual y que unifica el discurso, sino por el conflicto latente al que se está aludiendo y que hace referencia a la separación con los padres.
Evidentemente no estamos hablando de la separación física, sino de su simbolización. De la resolución del Edipo.
Comprobamos que la homogeneidad en este punto del conflicto latente, permite un espacio mental mayor para la elaboración, puesto que no favorece el acting out o lo neutraliza.
Es evidente que la pregunta que se hace uno como terapeuta al respecto de cómo articular y sostener la castración en el sujeto, forma parte del tratamiento independientemente de su modalidad (individual, grupal …)
Ahora bien, en los grupos de adolescentes desde lo social internalizado, no se le exige al sujeto materializar o hacer un pasaje a la praxis, entre otras cosas porque carecen de sostén externo: Así la larga escolaridad, la dificultad de acceder a un salario estable etc., hacen postergar al sujeto en el tiempo algunas elecciones.
En los grupos de adultos nos encontramos con que los sujetos estas elecciones las han materializado ya, así mal o bien eligieron pareja, hijos, casa, trabajo.
Observamos que en estos grupos de adultos jóvenes, no ocurre ni una cosa ni otra; Desde lo social se le exige ese pasaje a la praxis, también desde lo familiar a través de la exigencia de cumplimiento con el ideal del yo del sujeto, pero el sujeto tiende a quedarse paralizado frente a los obstáculos que encuentra en la realidad, y que si bien aluden a su realidad interna, no solamente a ella: Así el paro y el falso discurso sobre el paro, la dificultad de adquirir una casa, etc., dificultan el pasaje a la autonomía, quedándose muchas veces atrapados en sus síntomas que son en muchas ocasiones motivo de consulta como: dificultad de aprobar la última asignatura de la carrera, el querer cambiar de carrera en el último curso, las idas y vueltas al extranjero en busca de un perfeccionamiento intelectual que suele ser más bien una toma de distancia del conflicto, el dejar a su novia de toda la vida a los 27 años etc.
Esta paralización queda solapada en los grupos de adultos y no tenida en cuenta por la mayoría de los integrantes adultos frente a los más jóvenes del grupo.
Es verdad, que tengan la edad que tengan los pacientes y sean los grupos de una u otra composición, siempre vamos a trabajar las posiciones imaginarias parentales que tiene el sujeto, pero es distinto para el terapeuta que quede en esa posición imaginaria, o bien que se lleve a cabo un pasaje al acto tan sutil a veces como la imitación
Hablando del mayor espacio mental, sorprende como en estos grupos de adultos jóvenes se vivencia a los padres por parte de los integrantes.
En los grupos de adolescentes, observamos como estos viven a los padres como vigilantes, censores, y por tanto se hallan en un conflicto directo y a veces frontal, expresado generalmente en torno a las diferencias de vestir, de pensar, ideológicas, etc. más allá de que lo vivencien así suele coincidir efectivamente con que los padres ocupan y cumplen esa función en la realidad.
En los grupos de adultos suele ocurrir que desde la pseudo-adultez del sujeto, este se coloca en la crítica más o menos serena o en la idealización mayor o menor de esas figuras, pero por lo general, ambas son formas de repetición de la simbiosis.
En estos grupos de adultos jóvenes llama la atención al terapeuta las contradicciones con las que los sujetos vivencian las figuras parentales, influidos claro está por el hecho social de que los hijos se van de casa más tarde y sobre todo porque parece que los padres se encuentran como sin referente, entre otras cuestiones porque ellos no vivieron con sus padres en esas edades. Así pues, habiendo abandonado estos ya la función de «censor y vigilantes» porque como dirían «mi hijo tiene ya 27 años», se pasan a otras posiciones donde los infantilizan y le dificultan al joven el proceso.
Es decir, es como si la permisividad de acuerdo con la edad cronológica no se corresponde con la internalización de la separación en el sujeto. Así le ofrecen al hijo por ejemplo, ayuda económica hasta los 30 años, y a su vez este necesita que le den permiso para salir de noche.
Estas contradicciones son vividas por los integrantes no sólo con desconcierto, sino como abandono por parte de los padres hacia ellos. En este sentido, me parece interesante señalar estos emergentes de un grupo: Dice una paciente mujer de 27 años:
– “Me impresionó que mi padre no viniera a buscarme el otro día a la noche cuando se me estropeó el coche; parecía que no le importaba que pasara la noche con mi novio … seguro que era por su comodidad”.
– Dice otro integrante varón de 28 años:
«Me dicen que haga lo que quiera, pero cuando yo sea yo, que van a pensar de mí».
– Dice otro integrante mujer de 27 años:
«Mi madre, ya menos por mí, sufre por todo».
Así los movimientos transferenciales en el grupo con la coordinación atraviesan desde esas figuras parentales más censoras, hasta las más abandónicas, hasta las más permisivas, momento de duelo y elaboración de la diferencia con el Otro.
Por último una observación contratransferencial.
Muchas veces al acabar un grupo de estas características, el Equipo Coordinador tiene una emoción comparable a cuando uno finaliza un grupo de terapia con viejos- No puede uno dejar de pensar en la enorme dificultad que tienen estos jóvenes de armarse un lugar en la vida. Están como «sin lugar», aunque socialmente parezca lo contrario.
Cómo interfiere este aspecto del encuadre con otros que el coordinador establece es motivo de nuestra investigación actual. Hasta donde el proyecto-producto del grupo se limita y reduce al aquí-ahora del momento vital y no como articulador de cambio en la evolución posterior del sujeto. En otras palabras, es como si los integrantes elaboraran una crisis y salieran de ella, pero habiendo recortado su simbolización con homogeneidad en el encuadre por parte de la coordinación.
BILIOGRAFIA
Freud, Sigmund «El malestar en la cultura». Obras Completas.
Bastide, K y otros “Sentidos y usos del término estructura”. Ed. Paidos.
Berenstein,I “Familia y enfermedad mental”. Ed. Paidos.
Bauleo, Armando “Contrainstitución y Grupos”. Ed. Fundamentos.
Rosario Busturia es psicóloga. Servicio de Salud Mental. Majadahonda (Madrid).